Pulse sobre una de las reproducciones
de cuadros que figuran en este página si desea visualizar su
imagen a mayor tamaño.
Algunas de las imágenes, debido a sus dimensiones, pueden tardar
varios segundos en cargarse. |
|
|

NOTAS VENECIANAS PARA
SEBASTIÁ RAMIS
L1. A principios de marzo me despedía de Venecia a bordo del vaporetto.
Hay lugares
donde ser un turista no es innoble. Iba sentado en la proa, al descubierto
y de repente
salió el sol. En días anteriores había conocido una
Venecia con restos de nieve y sal en los puentes, una Venecia lluviosa,
una Venecia con niebla y bajo un cielo gris perla que teñía
el agua de los canaIes de un verde aguamarina. Yo iba sentado en la proa
del vaporetto y no pensaba en Aschenbach sino en la felicidad, si es que
la felicidad puede pensarse. Entonces salió el sol y el agua del
Gran Canal adquirió el azul del lapislázuli. Los colores
de Ias fachadas se tiñeron de otros colores,carnales y suaves,
como de huerta mediterránea. Y no pensé en Canaletto y menos
aún en Guardi. Tampoco en Carpaccio. De repente salió el
sol y pensé en Ramis. Pensé en la pintura de Sebastià
Ramis como quien piensa en su casa. Fue sólo durante unos segundos.
Después regresé a Venecia, para despedirme. Para despedirme
de la ciudad que había sido mi casa durante una semana. Iba sentado
en la proa del vaporetto y era un hombre distinto y era un hombre feliz.
2. Al cabo de un mes Sebastiá Ramis me
llamó por teléfono. Le hable de la luz de
Venecia y de aquel último trayecto por el Gran Canal. El me habló
de un cuadro que
acababa de pintar: el puente deI Rialto. El día que pensé
en la pintura de Ramis como quien piensa en su casa, el vaporetto estaba
doblando la curva acuática tras la que asoma el puente del Rialto.
3. Nada en Venecia es casual. Todo está tejido con la precisión
de un laberinto.
Venecia, la ciudad del agua. Ramis, el pintor del agua. El agua en las
copas. El agua en los vasos. EI agua en la mirada líquida de una
mujer. El agua como cristal en el cristal.
y dos rosas y una orquídea para celebrarla. Para celebrar el agua
como se celebra el
mar. Como se celebra Venecia al contemplarla desde la laguna de agua con
luz de
mercurio.
4. EI secreto de Ia pintura de Sebastià
Ramis se encierra en la vocación de felicidad.
Ésta es una palabra que la contemporaneidad niega, una palabra
a la que hay que coger con guantes. Ramis pinta con guantes pero trata
la realidad con una delicadeza superior a si la pintara con guantes.
Sebastià Ramis no pinta un cuadro. Sebastià Ramis pinta
veladuras y transparencias una sobre otra. Cada tela son treinta o cuarenta
telas, como quien radiografia un código miniado. Ramis es un pintor
minucioso en el que la prisa no existe. Luego, la pintura acabada para
el espectador, tampoco lo está para el pintor. Es entonces cuando
Ramis
recorta: encuadra el cuadro en fragmentos menores hasta hallar la pintura
que buscaba
desde el principio. La imagen que estaba ahí, sin que nadie pudiera
descubrirla. Nadie,
salvo la mirada de Ramis. Una mirada con guantes. Una mirada armónica.
Una mirada
civilizada. Una mirada feliz.
Una mirada que tiene su casa de la memoria frente al jardín
de las emociones.
5. Conocí a Sebastià Ramis sin que él
me conociera. Hace de esto muchos años,
casi treinta. Fuen en 1972 y 10 confundí con un músico brasileño,
uno de los músicos brasileños que durante unas semanas improvisaban
ritmos tropicales en aquel bar que ya no existe, Es Gallet, de una ciudad
que ya no existe, la Palma de los 70. Bajo el rótulo de aquel bar
podía leerse esta frase: the house of the rising Majorca, en claro
homenaje a la canción de The Animais. Si esa Mallorca naciente
llegó a existir algún día fue,
sin duda, en la pintura de Sebastià Ramis: el
paisaje antes de las minas. Cyterea triunfante sobre Blade Runner.
6. Digo Cyterea y pienso en la frase de Proust que asegura
que cuaIquier paraíso es
siempre un paraíso perdido. Ramis está empenado en desmentirla
a través de los fragmentos de modernidad que introduce en sus cuadros,
que recortan sus cuadros una y otra vez. Una sombriIIa junto aI mar es
eso, una sombriIIa junto al mar, pero cuando Ramis la pinta en rojo hay
en ella un Rothko escondido que niega el paisaje para afirmarlo de una
forma nueva.
7. Cualquiera que conozca a Sebastià Ramis sabe quedebajo de su
apariencia taciturna y melancólica, se esconde un merodeador curioso
con la sonrisa del gato de Cheshire. Sabe que debajo de su discurso, titubeante
al principio, se esconde una sólida teoria de la historia de la
pintura, un reconocimiento de la tradición como árbol genealógico,
un pensamiento que no soslaya la modernidad sino que la integra en esa
tradición. Desde la pura ironía, a menudo. La pintura es
un arte primario como la escritura lo es secundario. Cuando Ramis habla
de pintura parece que hable un escritor que en el arte hallara la razón
de su vida y en ella su interpretación del mundo.
8. Recuerdo unas palabras de Ramis hace años,
no tantos como cuando le conocí
sin que él me conociera aún. Hablaba del estudio de Giacometti,
donde -me decía-
apenas necesitaba nada para vivir y trabajar. Hablaba de la economía
material de Morandi y de que la belleza sólo le interesaba como
ingrediente, como un ingrediente más, decía. y también
de la irrealidad de lo real. Hablaba de que su pintor preferido era Degas,
su escritor Josep Carner, y su músico Count Basie. Me dijo que
le gustaría vivir en La Toscana y cuando le pregunte -al final
de un cuestionario proustiano- por quién brindaría, me contestó
que por un gran pintor vivo que no estuviese de moda, por ejemplo, Victor
Pasmore, dijo. y después calló.
9. Y después de las palabras el silencio. Un silencio
de la misma estirpe que el silencio de Morandi, el silencio de Vermeer,
el silencio de De La Tour, tal vez. Unas uvas
moscatel sobre un frutero de porcelana inglesa. Dos peras sobre un cuenco
de barro pintado. Un globo terráqueo y dos carpetas sobre un mantel
oriental. El plácido silencio de los objetos. El lenguaje de los
objetos: su luz muda.
10. Vuelvo al mar, del que no me be ido, como Venecia
no es sin el mar, como nunca la
pintura de Ramis se ha alejado del mar. Ese mar es el mismo mar que cantó
Homero y es elmar que pintó Marquet. Aunque a veces, Ramis dirija
su mirada bacia el mar del norte y sus brumas, y recalemos en un paseo
que es un palafito de madera sobre el mar de Brighton, o viajemos a bordo
de un transatlántico llamado Harmony ( eL nombre tampoco es casual),
como antes, años atrás, contemplábamos los jardines
de Versalles. Pero el mar de Ramis es casi siempre el mar de la luz y
la quietud. El mar como un lienzo que no es necesario pintar porque siempre
estuvo ahí. Quizá porque el mar, en Ramis, es el mejor reducto
de la felicidad. Lo es vacío, frente a un pino retorcido por el
viento, o junto a unas gandulas de lona y una sombrilla cerrada, o unos
sombrajos en septiembre, cuando el mar es territorio de las medusas y
un hombre invisible se pasea sobre la arena. Lo es vencido por una regata
que parece sacada de una batalla pintada por Uccello. Lo es frente a unas
palmeras, una balaustrada o las columnas romanas de un templo romano en
el norte de Africa. Lo es cuando los cuerpos celebran ese mismo mar -otra
vez Cyterea-, pero sobre los cuerpos se ha de escribir a parte. Porque
los cuerpos en Ramis están ligados al mar, son una celebración
del mar, el mar es la excusa de su desnudez, pero tienen un lenguaje propio
que también los aleja del mar.
11. Uno de los aspectos más sorprendentes y envidables
de pintores y fotógrafos es
que las mujeres se desnudan ante ellos, sin que ellos tengan que seducirlas.
Pues existe
una seducción previa, que es la seducción del arte. y también
el halago de esa seducción: convertirse en objetos artísticos,
por un lado: ser de una manera distinta a la que son, por otro; y, finalmente,
jugar a través de la sola presencia, con el concepto de eternidad.
El artista posee un cuerpo como jamás podrá poseerlo quien
no lo es: inventándoselo. Esa invención, es otra de las
artimafías de la seducción del arte. Pero la timidez de
Ramis -ese otro rostro de la delicadeza con que trata lo que pinta- atrapa
los cuerpos de otra manera. La mirada de Ramis es la mirada de un voyeur
solitario: los cuerpos que celebra parecen ajenos a esa celebración,
como pillados por una polaroid invisible. A veces me ocurre que cuando
pienso en los cuerpos pintados al aire libre por Ramis, pienso en Maillol
o Seurat. De la misma manera que cuando pienso en los cuerpos pintados
por Ramis en un interior, pienso en Bonnard. Y esos cuerpos son cuerpos
antes de la fiesta, cuerpos en cuya piel late la fiesta que será.
Como -de nuevo- en el embarque hacia Cyterea. Sólo que Ios desnudos
de Ramis están ya en Cyterea y no necesitan del amor para ser felices
porque nunca fueron expulsados del paraíso.
12. A principios de marzo de este año me despedía
de Venecia en la proa del vaporetto y de repente apareció el sol.
Vivir en Venecia es vivir permanentemente instalados
en la emoción. El recuerdo de esa emoción, es similar a
la placidez de la pintura de
Sebastiá Ramis. Un puente, el agua verdosa, dos casas humildes
y unas columnas de mármol blanco al fondo. Un hombre fuma un cigarrillo
en ese puente. Piensa en algunos
versos leidos tiempo atrás. y luego se adentra a pie en el laberinto
de la belleza. Y es un
hombre distinto y es un hombre feliz. Al cabo de un mes, suena el teléfono
y es Sebastià
Ramis que le habla de un cuadro sobre el puente del Rialto.
José Carlos Jop
|